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Cuidar no tiene género

El slogan de la campaña que hemos desarrollado en Navidad más que una afirmación es un deseo porque, desgraciadamente, hoy por hoy y en nuestro entorno los cuidados en el ámbito familiar tienen un género abrumadoramente femenino.
El paradigma de la familia cuidadora
La familia constituye la primera institución que genera cuidados en situaciones de dependencia. Esto constituye en realidad un traslado de responsabilidades del cuidado de la salud desde las instituciones públicas a la familia. El estado de bienestar que nos identifica como sociedad avanzada implica la corresponsabilidad de los poderes públicos ante el fenómeno de la dependencia pero, en gran medida, el estado se inhibe de esta responsabilidad depositándola en la familia y esto debe visualizarse como una auténtica problemática social.
«Es imprescindible corregir las cargas diferenciales del cuidado entre hombre y mujer, y entre la familia y las instituciones públicas»
El enfoque de género de la salud

El término género pone de manifiesto los comportamientos culturales, sociales y especialmente la asignación de roles que diferencian la forma en que la sociedad construye, de forma arbitraria, las responsabilidades del hombre y de la mujer.

Tradicionalmente en la mayor parte de las culturas es la mujer, como responsable de la salud física y mental de la familia, la que proporciona cuidados en forma invisible y continua. Las mujeres cuidadoras son un grupo vulnerable, que tiene derecho a una mejor calidad de vida: a una disminución en la sobrecarga del cuidar y en el riesgo para su salud que éste implica.

¿Qué podemos hacer desde nuestra realidad?

El predominio del género femenino en el cuidado es un hecho pero ello no significa que el cuidado sea realizado en exclusividad por mujeres.

Las tareas propias del cuidado deberían formar parte de una negociación sobre las cargas y obligaciones familiares: quién hace qué en casa; con qué frecuencia; qué turnos y relevos se pueden acordar y con qué periodos de descanso o respiro…

No hay que tener reparos a la hora de plantear esa negociación y sus correspondientes compromisos. Alcanzar estos acuerdos en familia, junto con una mayor implicación de las administraciones públicas, podrían ser las dos vías que posibilitaran la deseable «desfeminización» del cuidado.

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